Apoyada mi frente en la ventana. Con mi mirada fija en un bello caballo blanco.
Rodeado de verdes pastos, el animal atado al árbol pastaba tranquilo.
Me quede largo rato largo rato mirando a aquél corcel. Los rayos de sol hacía que su blanco palaje brillara.
Durante todo el tiempo que lo estuve observando permaneció quieto, excepto una de sus patas delanteras. Su mirada recorría los pastos esperando que llegarra alguién. Como única compañía tenía a los alegres pajaritos que revoloteaban a su alrededor.
Por unos segudos imagine la vida que debía llegar. ¿Cómo sería vivir atado?
Pensando, me fije que las personas somos como el caballo. Vivimos amarrados a un árbol.
Hacemos todo lo que se nos dice que esta bien y esperamos que nos feliciten por ello. Lo hacemos sin preguntarnos nada.
Imaginé que haría el animal si le soltaban las amarras. Y tristemente acepte la idea de que al ser liberado, se quedaría en el mismo lugar.
Desee que el caballo tirara de las cuerdas para soltarse.
Decidí ser libre.
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